hace unos días estaba echando una birra con la maro en un bar típico andaluz de toda la vida: el camarero con la tiza detrás de la oreja, apuntando en la barra, los viejetes viendo el fútbol, la cerveza a 1 euro, las familias jartándose de tapas… esos bares me encantan, tú sabes bien por qué.
Me acerqué a la barra a pedir otra birrilla, y me puse al lado de una señora mayor, la típica alcohólica, pelo tirando a canosillo, recogido en una cola, pero muy despeinada, como si no le importara. La ropa de tonos grisáceos, con un chal viejo de lana, todos los dientes doblados. Y claro, su ron en una mano, un ducados en la otra.
Le dijo al camarero:
“Pepe… ven para acá que esta señora te quiere pagar”
“Señora?”, le dije yo
“bueno, señorita…” contestó
“no, no, señora está bien, me gusta”, le dije.
Después de unos segundos de silencio, le solté como si nada:
“Es curioso como las señoras se reconocen entre sí, y no importa la edad que tengan ni lo que hagan”.
Sí. Sé lo que estás pensando. Una conversación que parece digna del mismo principito. Cruzamos un par de frases más, no llegó a 5 minutos en total. Pero al irme, me pellizcó el brazo con el calor que lo hace una amiga a la que no vas a ver en mucho tiempo, una amiga a la que respetas y a la que quieres.
“Es curioso como las señoras se reconocen entre sí, y no importa la edad que tengan ni lo que hagan”. Es curioso que al pensar en esta frase, tu imagen venga a mi mente.
1 respuesta hasta el momento ↓
ranascalvas // 21 Diciembre, 2008 a 3:01 pm
mira tu la señora, habla que hablarle de usted.
tuttia